Historia desde el Sahara

Fatma El Mehdi

Voy a contar mi historia sabiendo que es una historia mas, que cuenta vivencias de mujeres en situaciones muy críticas.
Nací en mi país, el Sahara Occidental, en su capital Aaiu. A los 2 años mis padres se trasladaron a vivir a la ciudad de Elgelta, ya que mi padre trabajaba en una empresa española de Cubierta y Tejado. En este pueblo muy pequeño empiezan mis recuerdos de infancia .
En mi barrio todos nos conocíamos, los niños jugábamos juntos al escondite , el cruro, el emdefina o edfenaha, etc. mientras los mayores charlaban y hacían todos los quehaceres diarios.
El viaje hacia un lugar desconocido
En Diciembre de 1975, un día de invierno normal, a las cuatro de la tarde los niños jugábamos en una casa aparte con la plena tranquilidad generada por la inocencia de la infancia, mientras la situación llegaba a su momento más crítico. Los hombres habían empezado a organizar la evacuación.
Sobre las cuatro de la tarde aparecieron los aviones y con ellos empezó una lluvia de minas que prendió fuego por todas partes. Salimos corriendo aterrorizados buscando a nuestros padres. Al no encontrar a mi abuela, cogí a mi tía de la mano y corrimos, no recuerdo si mis pies tocaban la tierra o no, cruzábamos piedras, árboles hasta llegar a la cueva, donde había mucha gente suplicando ayuda y socorro.
Yo llegue con el vestido roto y muchas heridas, pero eso no me importaba, lo que me preocupaba era el ruido de los aviones que bombardeaban sin cesar el exterior. A la una de la madrugada salimos para ver qué había pasado y vimos que todas las casas estaban quemadas.

Las madres empezaron a buscar agua y algo para comer entre los restos de las casas quemadas. Mi abuela consiguió una olla grande de 20 litros e hizo arroz con agua, sin aceite ni sal.

Nos juntamos casi 54 personas para calmar el hambre. Todos éramos mujeres y niños, los hombres habían ido a buscar transporte, porque no se podía estar ni un minuto más, la huida era la única opción que había.

Pasada una hora llegaron 3 hombres, entre los que estaba mi padre. El saludo que siempre era larguísimo se redujo a una sola palabra: SALAM ALEKUM, y sin esperar respuesta, diciendo: ¡vámonos¡ ¡de prisa¡.

Nadie se preocupó por saber a donde íbamos, recogimos la olla de arroz y fuimos hacia los 3 Land Rovers. En cada coche nos montamos 18 personas muy apretadas, con lo que teníamos puesto, agua y algunas mantas.

Nuestro viaje duró 4 días, y menos mal que en aquella época todavía no existían minas porque el coche andaba botando entre árboles durante la noche y la gente buscaba sitios para esconderse entre los árboles y las montañas durante el día.

Fue el camino más duro y larga de toda mi vida, por el camino había mucha gente huía a pie, sobre todo mujeres con niños.
De toda la tragedia que he vivido durante aquel viaje, el momento mas dramático lo vivi cuando mi prima Safia dio a luz. Debido a que tradicionalmente la mujer saharaui no solia hablar de su embarazo ni siquiera con su propia madre, mi prima sufría en silencio. A las 17.00h, mientras las mujeres preparaban la comida y los pocos hombres que había cogían leñas, combustible y agua,.. de repente se oyó una un grito muy fuerte. Al escucharlo toda la gente corrió hacia los árboles pensando que venían los soldados marroquíes. Al de dos horas nos dimos cuneta de que faltaba Safia. Mi tía pensó que podía estar dando a luz y pidió que le acompañaran mujeres a buscarla. Cogieron una manta, trapos y agua fuimos corriendo hacia el lugar donde se había escuchado la voz. Cuando la encontramos estaba tan cansada, que parecia muerta. El parto no fue nada fácil porque a las malas condiciones del momento había que sumar que el feto llevaba varias horas muerto y a ella no le quedaban fuerzas para expulsarlo. Fue muy doloroso y aún mas crítico cuando por fin nació una niña preciosa, pero sin vida.

El cuarto día, a las 23,00 horas, llegamos al desierto Argelino de la Hamada, que en mi idioma significa lugar muy duro y falto de recursos, donde solo existen dos estaciones, verano con 52 grados e invierno con 1 grado bajo cero. Aquí instalamos los campamentos los refugiados Saharauis. Hay parte de mi familia, los que vivían en ciudades mas grandes como el Aaiun, que no pudo salir y están viviendo en las zonas ocupadas hasta hoy en día. Llevamos más de 30 años sin saber casi nada de ellos. Tres años mas tarde de su fallecimiento nos enteramos de que mi abuelo había fallecido en una de las cárceles en las zonas ocupadas.

Los primeros momentos en la Hamada fueron muy difíciles porque no había comida, ni agua, ni vivienda,.. Mi abuela y mi madre juntaron varias melfas melfas (la vestimenta de las mujeres saharauis) y mantas para hacer nuestro primer refugio, una jaima para toda la familia, dormíamos todos juntos, bebíamos en el mismo cuenco y comíamos en el mismo plato. La comida consistía en un solo plato de arroz con aceite y sal o, en algunos casos, pan con aceite.

Al cabo de unos meses el Frente Polisario empezó a crear un sistema de enseñanza para niños y adultos. Las mujeres ofrecieron sus jaimas para dar clases, y se convirtieron en maestras cuando ni siquiera habían terminado el tercero de primaria,lo que les obligaba a aprender la víspera lo que tenían que enseñar el día siguiente. Otras mujeres, ante esta nueva situación, tuvieron que empezar a hacer ladrillos de adobe con arena para construir escuelas, centros sanitarios…

Yo entonces tenía 7 años y al ser la mayor de la familia tenía la obligación ayudar a mi abuela y a mi madre. Mi padre tuvo que ir al ejército como todos los hombres. En la Hamada sólo estabamos las mujeres, los niños, los ancianos y los heridos de la guerra que llegaban a cada instante.

Tras un brote de epidemia en el que murieron muchos niños y niñas de mi barrio, a los supervivientes nos mandaron a estudiar a Argelia, Libia o Cuba.

A mí me tocó ir a Libia, país Arabe en el que pasé 9 años. Luego estuve otros dos años en Argelia. Durante este tiempo regresamos a visitar a nuestras familias solo cada dos años. Durante los veranos hacíamos muchas actividades en los campamentos: programas de alfabetización, deporte, teatro, etc.

El verano de 1982, con trece años, fui a los campamentos a pasar el verano con la familia.
Cogimos el avión militar desde Tripoli, Libia, hasta Tindouf. Al llevar varios años sin tener noticias de mi familia, teníamos todas y todos mucha ilusión, tanta que al llegar todas me parecian iguales: Con melfas, delgadas, su piel tostada, gritando de alegría. Fue para mi muy difícil distinguir a mi madre hasta que me nombraron en la lista y salió una mujer muy morena a abrazarme, y darme besos llorando de alegría.

De camino a casa pudimos entender por qué mi madre tenía tanta prisa por llegar a casa de los abuelos, ni siquiera paramos a tomar un baso agua. Parecía que nos estaba esperando alguien importante. Cuando llegamos a casa de los abuelos, llamó a mi abuela y dijo “están aquí las niñas”. Mi abuela, encendió la luz de butano, nos abrazo y empezó a hablar de mi padre, nos dijo que era una persona muy valiente, que había luchado mucho contra el enemigo en una gran operación militar donde fue mártir junto con otros 11 saharauis.

Fue una pérdida profunda que me ha obligó a replantearme todo ante la nueva situación de mi madre: sola, con los niños y sin nadie quien le ayudará. Me quedé en una situación de confusión sin saber exactamente qué hacer: dejar a mi madre y mis hermanos solos, o abandonar los estudios. Al final decidí abandonar los estudios y quedar en casa para ayudar a mi madre.

A los 16 años me casé y fui a una escuela de formación para maestras de primaria del Campamento 27 de Febrero. Estuve dos años allí y luego empecé a dar clases en la escuela del campamento donde vive mi familia, en la Wilaya de Smara.
A los pocos meses nació mi primera hija Selma, yo tenía entonces 18 años, le llevaba a la guardería de mi colegio desde los 6 meses. era una preciosidad. A los 11 meses tuvo polio fue la primera epidemia en los campamentos y no había infraestructura suficiente para atender este problema. Mi hija llevaba dos días con fiebre tras tomar una vacuna que estaba mal conservada por el calor. Al ir al hospital regional no se detectaba el virus ya que Selma había sido el primer caso, al menos en el campamento de Smara. Al ver que la fiebre no bajada ni siquiera con tratamiento, me mandaron al hospital nacional. Fue terrible, las habitaciones estaban llenas de niños afectados, muchos no duraban ni 24 horas. Nos dijeron que los niños que sobrevivían 24 horas podrían vivir, pero con minusvalía.

Selma, mi hija, fue uno de los casos más graves, sólo movía los ojos. El resto del cuerpo lo tenía inmóvil.. Murieron miles de niños, fue el año que hubo más mortalidad infantil. A los que sobrevivieron los llevaron al hospital infantil. Eran 85 niños y sus familias estuvimos viviendo 6 meses en aquel hospital. Durante ese tiempo no hubo mucho avance por lo que al final nos mandaron a nuestras casas.

El mismo día que mi hija se puso enferma yo estaba embarazada de tres meses de mi segundo hijo. Cuando mi hija tenía un año y cuatro meses ya había nacido Jabubi. Fue la época más dura y complicada de mi vida, donde comprobé lo difícil que es la vida. Lo peor para mi fue que tenía que llevarlo todo sola, mi marido estaba en el frente y venía sólo para 10 días cada año y mi madre tenía suficiente trabajo cuidando a mis ocho hermanos.

Viví aquella época en una situación de aislamiento total, muy atareada todo el día, no tenía tiempo para descansar, ni para leer, ni para ver a las amigas. Pase dos años así hasta que mi hijo empezó a andar, era pequeñito y débil pero andaba. En cambio la mayor no, tenía que llevarla en brazos a cualquier sitio ya que no había sillas de ruedas para llevarla.

Decidí reincorporarme al trabajo, al menos para mejorar mi situación moral e intentar hacer algo para mi pueblo aunque sea desde mi casa. Empecé a colaborar en trabajos informativos y de investigación para la escuela donde trabajaba.
Al cabo de un tiempo me encontré con Mama, una colega del curso de formación en la Escuela 27 de Febrero. Fue una gran alegría verla. Me preguntó por mi vida y le conté todo lo de mi hija y las dificultades que tenía para trabajar. Me sugirió contactar con la Unión Nacional de Mujeres Saharauis (UNMS), donde yo podría hacer más cosas de las que estaba haciendo y mis hijos estarían en una guardería sin ningún problema. Al final, ella se ofreció a ponerme en contacto con esa organización.

A las dos semanas, estando en mi casa, vino una mujer que llevaba un traje militar, me saludó calurosamente y cogió a mi hija en sus brazos y luego se presentó y me dijo que era Senia Ahmed, la Secretaria General de la UNMS. Me dijo que le encantaría que yo fuera a trabajar con ellas y que ella buscaría una persona que se encargase de mis hijos en la guardería. En ese instante me saltaron las lágrimas, sentí que aquella mujer tan agradable iba a ser mi salvación final y enseguida le dije que aceptaría pero que necesitaba dos días para consultarlo con mi madre. Esta, después de escuchar la propuesta, me felicitó y me apoyó para tomar la decisión .

Tres días más tarde vino un camión con cuatro mujeres de la Dirección de la UNMS, recogieron mi jaima y me llevaron a la Escuela 27 de Febrero, lugar donde se encontraba la sede de la UNMS. Me ayudaron a montar la jaima de nuevo y me ofrecieron ayuda. Al día siguiente vino Senia Ahmed, me presentó la chica que me iba a ayudar para llevar a mis hijos a la guardería. Se llamaba Lita. Una mujer muy alegre a la que luego mi hija llamaría su segunda madre. Me instalé como administrativa general para la oficina de la UNMS, eso fue en 1989. Algo que me ha llevado a asumir diferentes cargos: encargada de la oficina general, encargada del Departamento de Cooperación y, al final, Secretaria General de la UNMS, cargo en el que llevo tres años. Durante muchos años mi trabajo en la organización fue con personas discapacitadas, invidentes y personas mayores, aparte del trabajo para fomentar la presencia y la participación de las mujeres a nivel en las instituciones saharauis.

Mientras mi hija iba a la guardería, Senia se había ofrecido para arreglarle un pasaporte para buscar tratamiento en el exterior. Luego contactó con una Delegación Saharaui en Andalucía (España) para buscar una familia que pudiera hacerse cargo de la niña mientras recibía su tratamiento. Así fue.

Yo no tenía pasaporte, así que Senia tuvo que buscar otra mujer con pasaporte para acompañar a mi hija. A mi, por un lado, me dolió el no poder acompañarla porque sólo tenía tres años, pero por otro lado, su salud era lo que más me importaba, así que tuve que aceptar que fuera sin mí.

Pasó un año sin tener noticias. Durante todo ese tiempo no recuerdo una noche sin que el rostro de mi hija pasara por mi mente. Me venían muchas preguntas: cómo estaría, en qué condiciones, con qué familia, si estaría contenta, si estaría mejor de salud, cómo era la familia… Un día mientras estaba trabajando en mi despacho con Senia, le dije que tenía muchas ganas de hablar con ella y le pregunté si me podía ayudar para comunicarnos. Me dijo que era difícil pero me planteó ir con ella esa misma noche a la MINURSO (Misión Internacional de las Naciones Unidas para el Referendum del Sahara Occidental). Estaba tan ilusionada con escuchar su voz que no me había dado cuenta que mi hija solo hablaba castellano. Cuando llegó la hora fijada, fuimos las dos, hicimos la solicitud y nos pidieron el teléfono de la Delegación Saharaui en Andalucía para conseguir el teléfono de la familia con quien vivía mi hija. Unos minutos más tarde nos dieron el teléfono de la familia, pero ninguna de nosotras hablaba castellano. No podíamos entendernos con la familia y tuvimos que buscar una chica que trabajaba allí para ayudarnos. La chica cogió el teléfono y le explicó a la familia que yo era la madre de la Selma y que quería hablar con ella. Cuando me pasó el teléfono estaba tan nerviosa que tenía dificultades para iniciar la conversación. Al final dije “Selma ana mamá” queriendo decir que yo era su madre. Ella no me entendía nada, se quedó un rato repitiendo qué, qué, qué…
Pasábamos casi 15 minutos sin llegar a entendernos, al final la chica cogió el teléfono intentado explicarle a mi hija que yo era su madre pero que no podía entenderme con ella. Mi hija le dijo “no entiendo, si fuera mi madre hablaría igual que yo”. Ha sido una frase que a mi me ha torturado realmente, sentía perder a mi hija. Estuve dándole vueltas al asunto y me he dado cuenta de que en esta vida todo requiere sacrificio. Además fue algo que me ha obligado a estudiar el castellano para poder comunicarme con mi hija y la familia.

Ahora mi hija está con la familia española, lleva 14 años (desde 1991). Esa familia para mi ha sido un ejemplo de entrega y solidaridad. Estaré siempre muy agradecida por todo el esfuerzo que hicieron para hacer que mi hija sea una persona con muchas aspiraciones en la vida. Gracias a su labor he aprendido que la solidaridad lo es todo y que realmente no existen barreras para impedir una convivencia más duradera y solidaria.

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